Carteras tejidas con granny squares: pequeños cuadrados, grandes tesoros

Hay algo que siempre me ha gustado del tejido: esos pequeños cuadraditos de colores que, uno a uno, van tomando forma hasta convertirse en algo completamente diferente.

Hace años comencé tejiendo los granny squares más tradicionales para hacer unos cojines de lana para la casa de mi mamá en la Carretera Austral. Me encantaba tejerlos y descubrir todas las posibilidades que ofrecían: podían transformarse en chalecos, mantas y muchas otras cosas.

Sin embargo, había una parte del proceso que nunca me entusiasmaba demasiado: unir los cuadrados con aguja y esconder todas esas hebras que quedan por detrás. ¡Aunque disfrutara tejiendo cada pieza, esa siempre me parecía la parte más tediosa del trabajo!





El año pasado volví a inspirarme con los granny squares, esta vez para crear carteras tejidas con hilo de algodón. Me entusiasmó la idea de combinar colores, jugar con las formas y elegir tonalidades que, en algunos casos, parecían pequeñas flores de primavera. Quería transformar esos cuadraditos en accesorios únicos, con personalidad propia.

Fue un trabajo bastante intenso. Primero tenía que elegir hilos de buena calidad y decidir las combinaciones de colores. A algunos cuadrados les incorporé, en ciertas partes, una hebra dorada o plateada para darles un toque especial. Después venía el desafío de organizar las piezas y encontrar la mejor composición, especialmente en las carteras que combinaban distintos colores.

La unión la hice con una última vuelta de punto bajo, integrando los cuadrados directamente con el tejido. La primera cartera me dio bastante trabajo, pero con las siguientes fui adquiriendo práctica. Cada vez resultaba más fácil distribuir las piezas, jugar con sus colores y unirlas para dar forma a una nueva creación.

Después venían los detalles: tejer el borde superior, resolver las terminaciones, cubrir las piezas donde se sujetan los ganchitos metálicos y cuidar cada pequeño elemento para que la cartera quedara bonita y bien terminada.

Pero, como suele ocurrirme con este tipo de proyectos, volvía a aparecer mi gran enemigo: ¡esconder las hebras! Esa tarea que parece tan pequeña termina siendo una de las más lentas y aburridas de todo el proceso.

Por suerte, una vez más conté con la ayuda de mi mamá, que se dedicó a esconder las hebras de cada una de las carteras. ¡Y fueron alrededor de 14, todas de formas y tamaños distintos! Una labor silenciosa, casi invisible, pero absolutamente necesaria para que el resultado final quedara impecable. ¡Gracias, mamá!

Y aunque las carteras ya se veían realmente hermosas, todavía faltaba bastante trabajo. Había que elegir una tela para los forros, confeccionar cada uno con sus respectivos bolsillos, buscar y comprar las argollas y los broches, decidir qué tiras usar para colgarlas y resolver todos esos detalles que hacen la diferencia entre una pieza bonita y una cartera terminada.

Algunas también llevaron pequeños monederos a tono, con sus correspondientes cierres. En fin, detrás de cada una había muchas horas de tejido, decisiones, pruebas y detalles que no siempre se ven a primera vista.

¿Y qué pasó finalmente con mis carteras?

No puedo negar que, como no vivo de la artesanía, sino que tejo porque es algo que me llena el alma, me doy el tiempo para hacer las cosas lo mejor posible. Puedo pasar semanas decidiendo un color, una forma o un pequeño detalle, hasta sentir que todo está como lo imaginé. Por eso, cuando llega el momento de ponerle precio a una creación, me cuesta mucho hacerlo. A veces siento que, por todo lo que hay detrás, ¡es prácticamente impagable!

Recuerdo que, cuando se acercaba la Navidad, pensé en llevar mis carteras a una feria para ofrecerlas. Yo me imaginaba que algunas podían costar unos $80.000, considerando los materiales, el diseño y todas las horas de trabajo. Sin embargo, las ofertas que recibía rondaban los $12.000.

¡Ni siquiera alcanzaba a cubrir adecuadamente el costo de los materiales! Y eso sin considerar el tiempo dedicado a imaginar cada diseño, tejer los cuadrados, combinarlos, unirlos, confeccionar los forros y cuidar hasta el último detalle.

Así que terminé tomando otra decisión: en vez de venderlas, preferí regalarlas a personas que quiero.

Varias se fueron como regalos de Navidad para mis cuñadas y sobrinas. Otras todavía están conmigo. Hay una que reservo para ocasiones especiales y las demás esperan tranquilamente a que llegue el momento de encontrar a su próxima dueña, quizás en algún cumpleaños.

Y así, estas carteras tejidas con pequeños granny squares terminaron convirtiéndose en algo más que un proyecto de tejido. Cada una lleva horas de dedicación, combinaciones de colores elegidas con cariño, decisiones que a veces me tomaron días y una pequeña parte de mí. También llevan la ayuda de mi mamá, que puso sus manos en esa etapa tan poco vistosa, pero indispensable, de esconder las hebras.

Porque, al final, regalar algo hecho con amor puede ser mucho más satisfactorio que venderlo por un precio que no refleja todo el trabajo que hay detrás.

Me gusta pensar que cada una de estas carteras está acompañando a alguien querido y que, cada vez que esa persona se la pone, quizás se acuerda de mí.

Y entonces ocurre algo bonito: el cariño con que imaginé y tejí cada cartera sigue su camino. Ya no importa cuánto costaría en una tienda ni cuántas horas me tomó hacerla. Lo importante es que llegó a las manos de alguien especial.

Una cartera tejida, un regalo, un recuerdo… una pequeña cadena de amor que sigue creciendo cada vez que alguien la lleva consigo. ❤️🧶


Por: Gabriela Quintana Rüedlinger.


Y acá dejo unas lindas fotos de algunas de mis modelos hermosas, gracias por hacerme feliz de regalarles cosas bellas!
















Comentarios

Entradas más populares de este blog

🐸 Las ranitas que me encontraron